La verdad es como uno de esos paquetes en cuyo exterior pone en letras rojas y muy grandes aquello de: ¡Atención! MUY FRÁGIL. Manéjenla con cuidado, porque si les explota sonará más fuerte que una vajilla haciéndose añicos y hará más daño que mil martillos sobre su pecho.
Cada día estáis más obsesionados con lo de la verdad, la nombráis para todo: esto es verdad, aquello es mentira. Soltáis bombas porque son verdad y matáis porque era verdad. Aquella mujer que le puso los cuernos a su marido murió porque era verdad que llevaba años siéndole infiel con otro, también era verdad que su marido ya no la quería como antes, y también era verdad que él tenía un problema con las drogas. Su madre no lo creía cuando le dijeron que era verdad, pero también es verdad que le dio un infarto, días después. Y es verdad que ya nadie le lleva flores a su tumba, y que está sucia porque nadie va a verla. Es verdad que nadie puede porque la condena por asesinato es dura, y la cárcel pilla lejos del cementerio.
Eso último no es verdad. El cementerio pilla cerca de todos sitios, bien lo sabía su hijo, que supo cómo salir pronto de su celda con la sola ayuda de una sábana liada al cuello. Es verdad que compartieron el nicho, no por estar en la eternidad juntos, sino porque era más barato. Es verdad que hoy día un nicho cualquiera en un cementerio cualquiera vale una barbaridad.
Más vale que aprendamos a manejar la verdad como si de una granada se tratara (todo el mundo sabe que las manchas de la granada salen muy mal de la ropa). Como ya decía Dickinson, cuenta toda la verdad, pero cuéntala parcial. A veces no se precisa saber, y a fin de cuentas, tu verdad y mi verdad nunca van a ser iguales.
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