Chivirichi
y Chivirina son dos algodones que saltan y potrean noche y día alegremente. Uno
blanco como la leche, la otra negra como el carbón, no dejan de berrear cuando
se acerca la hora de su comida.
A
falta de madre que las amamante yo les preparo la leche, hecha con polvos y
agua de la alberca, que antes bato con ahínco para que queden bien mezclados. Como
cada tarde, vierto la leche en dos biberones viejos y me dirijo a buscarlos.
Nada
más escuchan mis pasos comienzan a alborotarse, saltan mezclándose el uno con
la otra en una nube gris que se mueve de arriba abajo vertiginosamente,
causando un estrépito con sus pequeños cascos que es música para mis oídos.
Cuando saltó la vieja tapia de barro ya me esperan los dos, mirándome con sus ojillos
negros que brillan como un estanque a las doce del mediodía, que parece que te
den abrazos con sus miradas, de esos que solo se les dan a las madres, seguros
de que la hora de la merienda ha llegado.
No
me quitan los ojos de encima hasta que les enseño sus biberones, entonces
trotean a mi alrededor, dando más vueltas que una noria. Cuando se cansan, se
acercan despacito a mí, que les acaricio el algodón que los viste más
galanamente que las señoras que se pasean los sábados por el paseo.
Chivirichi
y Chivirina se amorran con ansia a sus biberones, que levanto por encima de sus
cabezas y casi de la mía. Sus colas bailan a un ritmo frenético, moviéndose de
un lado para otro como si de dos culebras se tratara, una blanca y otra negra.
Cada
tarde se repiten sus bailes como un rito antiguo, que solo ellos conocen,
mientras ellos poco a poco crecen, y de los biberones pasan a los piensos, pero
ellos siguen potreando al escuchar mi voz, y asoman sus cabezas por los
pesebres buscándome con sus ojillos de azabache.
Hoy,
como todos los domingos, la casa es una algarabía. Hermanos que corren de un
lado a otro armando jaleo, la abuela que se pasea con su garrota y vigila la
olla, el tío que va a por leños para avivar la candela, y mi madre que
acalorada cocina en los fogones, casi peleándose con ellos. Mientras, yo espero
en el salón, entreteniéndome en nada, lo mismo siguiendo el hilo de una
telaraña brillante que ha pasado inadvertida a los escobazos de mi abuela y que
ahora el sol desvela, o leyendo algún cuento de los que se apilan en la vieja
estantería de la casa de campo.
La
hora de comer ya ha llegado, y a la llamada de mi madre la casa se llena de
gente que mansa y ordenada, como un buen rebaño, ocupa su sitio en la mesa. Yo,
diligente, ocupo mi lugar en la mesa, sentado en mi silla de anea, y pregunto:
-
Mamá, ¿Qué hay de
comer?
-
Arroz.
-
¿Arroz con qué?
-
(…)
En homenaje al:
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