lunes, 12 de mayo de 2014

Arroz con chivo.




Chivirichi y Chivirina son dos algodones que saltan y potrean noche y día alegremente. Uno blanco como la leche, la otra negra como el carbón, no dejan de berrear cuando se acerca la hora de su comida.
A falta de madre que las amamante yo les preparo la leche, hecha con polvos y agua de la alberca, que antes bato con ahínco para que queden bien mezclados. Como cada tarde, vierto la leche en dos biberones viejos y me dirijo a buscarlos.
Nada más escuchan mis pasos comienzan a alborotarse, saltan mezclándose el uno con la otra en una nube gris que se mueve de arriba abajo vertiginosamente, causando un estrépito con sus pequeños cascos que es música para mis oídos. Cuando saltó la vieja tapia de barro ya me esperan los dos, mirándome con sus ojillos negros que brillan como un estanque a las doce del mediodía, que parece que te den abrazos con sus miradas, de esos que solo se les dan a las madres, seguros de que la hora de la merienda ha llegado. 
No me quitan los ojos de encima hasta que les enseño sus biberones, entonces trotean a mi alrededor, dando más vueltas que una noria. Cuando se cansan, se acercan despacito a mí, que les acaricio el algodón que los viste más galanamente que las señoras que se pasean los sábados por el paseo.
Chivirichi y Chivirina se amorran con ansia a sus biberones, que levanto por encima de sus cabezas y casi de la mía. Sus colas bailan a un ritmo frenético, moviéndose de un lado para otro como si de dos culebras se tratara, una blanca y otra negra.
Cada tarde se repiten sus bailes como un rito antiguo, que solo ellos conocen, mientras ellos poco a poco crecen, y de los biberones pasan a los piensos, pero ellos siguen potreando al escuchar mi voz, y asoman sus cabezas por los pesebres buscándome con sus ojillos de azabache.
Hoy, como todos los domingos, la casa es una algarabía. Hermanos que corren de un lado a otro armando jaleo, la abuela que se pasea con su garrota y vigila la olla, el tío que va a por leños para avivar la candela, y mi madre que acalorada cocina en los fogones, casi peleándose con ellos. Mientras, yo espero en el salón, entreteniéndome en nada, lo mismo siguiendo el hilo de una telaraña brillante que ha pasado inadvertida a los escobazos de mi abuela y que ahora el sol desvela, o leyendo algún cuento de los que se apilan en la vieja estantería de la casa de campo.
La hora de comer ya ha llegado, y a la llamada de mi madre la casa se llena de gente que mansa y ordenada, como un buen rebaño, ocupa su sitio en la mesa. Yo, diligente, ocupo mi lugar en la mesa, sentado en mi silla de anea, y pregunto:
-         Mamá, ¿Qué hay de comer?
-         Arroz.
-         ¿Arroz con qué?
-         (…)

 En homenaje al: 

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